en un largo tour…
“Dulce, dulce /con cascadas de miel dentro de la piel /dulce / algunas son dulces y se las comen / y les devoran hasta las pestañas” cantaba con fuerza la menuda chica de negro. Con fuerza rasgaba la guitarra y llegaba
hasta las notas más altas. Parte de su diminuto colaless celeste intentaba huir de su ajustada calza negra. La piel morena quedaba a la vista.
Comenzó a caminar por el pasillo y se topó de frente con un par de vendedores de calugas. “Mi mujer y yo estamos cesantes. Y esta es la forma que tenemos para ganarnos la vida en forma honrada. Cuatro calugas de manjar por $100″. La chica de negro con el colaless desafiante y la guitarra en la espalda fue la primera en sacar una moneda de entre la mano que recién había recibido algunas por su interpretración de la canción de Francisca Valenzuela. “Perdona, no sabía que estabas ahí”, le dijo el cesante de las calugas. “No te preocupes, no hay problema”, le dijo la cantante, quien tomaba tres calugas y comenzaba a quitar el papel de la cuarta.
“No tengo plata, pero puedo darte esto”, le dijo a la chica un joven que le estiraba un pequeño paquete de galletas. “Llegaste muy bien a las notas altas”. La sonrisa y el “gracias” de la artista fue de una sensualidad impactante. El joven se bajó tras ella tarareando la canción, aunque unos segundos después de ella. No se encontraron en la vereda.
A poco andar, un esquizofrénico comenzó a contar su padecer. El costo de la droga, lo difícil que era mantenerse en buen estado. “Y les doy las disculpas por la canción que trataré de cantar: Venecia sin tí, de Charles Aznavour”.
Algunos escolares se reían y unas señoras que usaban los sobres con radiografías en su interior como abanicos trataban de seguir la letra.
Los escolares se apiñaban y eran empujados por quienes se subían a hurtadillas por las puertas traseras. Los vendedores de helados trabajan de recorrer infructuosamente el pasillo.
Un sujeto de buzo azul y zapatillas deportivas, con cara de “lanza” o “carterista”, miraba a la gente y se detenía en bolsos y celulares. Y se movía impaciente. Al otro lado del pasillo la gente comenzaba a alejarse de un sujeto. Su hedor se sentía a 4 metros. “Debe ser alérgico al agua, hermano. Yo no he visto algo tan hediondo, pata”, le comentaba en voz baja un peruano a un compatriota. Las chicas que los acompañaban, asentían con la cabeza, pero no hablaban. El hediondo y el potencial delincuente se bajaron juntos. Segundos después, el del buzo azul corría con una cartera de mujer en la vereda. Una mujer gritaba. A nadie pareció importarle.
Una treintena de hombres y mujeres de camisa celeste y pantalón azul repletó el bus. Carteles, pitos y gritos se mantuvieron unas cuadras. Eran conductores en huelga. Varios vehículos policiales estaban cercando el lugar donde todos bajaron.
Una risa comenzó a estremecer el bus. Un niño pequeño comenzó a llorar. Una chaqueta verde manzana, un maquillaje similar al de El Huaspon de la última película de Batman y una delilrante actuación captaron la atención de la cada vez menor cantidad de pasajeros que se mantenía. Gabriel Guerreo dijo que se llamaba y que era actor. Interpretó un monólogo de unos 10 minutos con la historia de un joven que iba a trabajar con el relojero del pueblo -en este caso su abuelo- y quien terminaba muerto por el maltrato que recibía del anciano y el persistente Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac, Tic Tac. “Este es un monólogo llamado El Relojero del Pueblo, basado en un cuento de Edgar Allan Poe”, dijo el actor. Dos largas reverencias, un aplauso y varias monedas cerraron el espectáculo.
Un par de pololos se besan y se despiden. Un niño de unos 11 años escucha regguetón en su celular, mientras otro compañero las canta con él. Otro vendedor de helados se sube, mira y se baja. Ya no queda gente. Toco el timbre. El viaje de una hora en Transanitiago ha llegado a su fin.
Incisivos opinando